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lunes, 28 de octubre de 2013

Llegada a Bélgica

Les contaré desde el principio cómo ha sido desde que llegué.

El 5 de septiembre, asustada, ansiosa, feliz y triste, salí del aeropuerto en busca de los brazos de mi novio (Álvaro) que me esperaba junto a los papás de las niñas. Vinimos juntos a Tubize (la ciudad en la que vivo) para comer y celebrar mi llegada a la casa. Las niñas me encantaron y debo admitir que desde ese momento son mi debilidad. Los abuelos resultaron ser muy amables y se sintió un ambiente muy acogedor.

Como era de esperar, volvieron a repetirme mis deberes como fille au pair en la casa. Un horario bastante flexible de lunes a viernes (con excepción los miércoles, que las niñas llegan al mediodía) y a partir del viernes en la tarde soy libre de irme a Bruselas. Genial!

Todo el primer mes fui 100% feliz. Parecería que no es posible, pero en verdad el ambiente familiar y poder estar con Álvaro los fines de semana era lo mejor. Ya desde los primeros días, las niñas quedaron felices conmigo y yo con ellas. Las pequeñas, O. y M. son con las que más debo lidiar, ya que la grande (Ma.) hace sus tareas con su abuela o su mamá. Cada día, debo practicar una hora de violín con Ma. (yo soy violinista, ella estudia violín en una escuela).

Para poner orden entre las discusiones o pataletas de las niñas, realmente no tengo que hacer mucho esfuerzo, los abuelos siempre están ahí para arreglarlo. Sólo me limito a controlar ciertos juegos, ver pelis, pintar. Lo más fuerte es darles de comer y bañar en la mañana a las niñas. Menudo trabajo, ¿no?

Así que mi mundo comenzó a sentirse cuasi perfecto, con excepción de ciertas incomodidades en la casa, que en ese momento, no tenían mucha importancia.

Para no hacer la entrada larga y aburrida, los pequeños percances los iré contando luego. Por ahora, les dejo fotos con mis niñas:




Tres niñas hermosas!

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